cine
Er mal en el sine
Autor: Charles Dexter Ward

El mal, en el cine como en la vida, es una joya extraña; si uno trata de recopilar una lista de grandes malvados encontrará millones de fechorías, pero tras cada una de ellas se oculta una causa de peso.

 El mal en estado puro, el que se hace o se siente como fin en sí mismo, resulta un valor escaso, en contradicción con la diabólica concepción que del mundo y de su historia guarda el sentido común. Emprendamos pues una cruzada en busca del precioso Mal, y desbaratemos sin piedad las legiones de mediocres impostores que acechan por el camino.

Empecemos por el principio. La religión revela que El Bien y El Mal son hermanos de sangre, pero el Mal era más bello, sensual, joven, rico, interesante y divertido que El Bien, de manera que este aprovechó un descuido para humillar a su hermano y usurpar su lugar. El Mal fue expulsado del paraíso y desde entonces campa resentido seduciendo y soliviantando a la humanidad y atiende por Lucifer, Satanás, El Demonio y muchos otros nombres hermosos. De toda esta historia resulta sencillo deducir que aquí el malvado no es El Demonio, sino su hermano Dios, pues su postura responde a la soberbia y la envidia y la de Luzbel a la venganza, que siempre resulta más legítima y digna. A pesar de la lógica de esta interpretación, todos hemos sucumbido a la campaña que Dios y sus esbirros han practicado para deteriorar la imagen del Bajísimo, y lo hemos representado en el cine con rostros tan repulsivos como el de *Robert de Niro* (El corazón del ángel, A. Parker, 1986), tan terroríficos como el de *Harvey Stephens* (La profecía, R. Donner, 1976), cual ser bello entre los bellos, como por ejemplo en las carnes de *Vigo Mortensen* (Ángeles y demonios, G. Widden, 1995), como un cornudo y colorado *Tim Curry* (Legend, R. Scott, 1985) o en el fascinante animal mitológico con el cuerpo y las miasmas de *Linda Blair* y la sobrecogedora voz de *Víctor Ramírez* (El exorcista, W. Friedkin, 1973). En cualquier caso, parece que todos coinciden en reconocerle una capacidad infinita tanto para infundir miedo como para seducir, de manera que, cual director de cine homosexual, El Demonio va siempre acompañado de un séquito de entregados admiradores y trepas cuya voluntad suele ser anulada, motivo por el cual tampoco podemos considerarlos malvados, sino simples títeres de su señor. Algunos de los más memorables son la niñera generosamente suicida de *La profecía* o los entrañables abuelitos Castevet de *La semilla del Diablo* (R. Polanski, 1976).

Descartada la procedencia sobrehumana del mal, procedamos a buscarlo en los demás. Bien nos enseñan de pequeños que los malvados son siempre los demás, esto es, los extraterrestres, los comunistas, los contrahechos o los extranjeros. De esta manera el mal nos llegó del espacio con ademanes lovecraftianos, pero justificado por proceder de una especie superior en el ciclo de la vida. El alienígena hermoso y perfecto que aniquila al hombre por instinto de supervivencia o simple afición como el que caza un conejo y se lo come. *Alien* (R. Scott, 1979), *La cosa* (J. Carpenter, 1982) o *La invasión de los ladrones de cuerpos* (D. Siegel, 1956) son algunos de los que vinieron de las estrellas, pero hubo otros de procedencia más cercana, los vecinos que venían a atormentarnos con holocaustos nazis, guerras frías y extrañas epidemias como la de los zombies o el SIDA.

Este invento duró poco, pues el que más y el que menos no tardaron mucho en verse reconocidos en el vecino. De esta manera comenzamos a buscar el motivo que explicase tanta maldad en nuestro interior. La sociedad pagó el pato y fue señalada como responsable de la alineación que nos empujaba a hacer el mal. Los desgraciados, hartos del escarnio que las mayorías hacían de sus personas, decidieron emprenderla con las masas, y de esta manera el monstruo de *Frankenstein* evolucionó en el supervillano que trataba de someter al mundo para resarcirse de todas las humillaciones a las que había sido sometido antes de volverse malvado. Se descubrió en la sociedad un poder ilimitado para bestializar al individuo en cualquiera de sus formas; la ciudad, por su catálogo de desigualdades, destrozaba sin piedad a las ingenuas familias que vinieron en busca de prosperidad hasta hacer de sus miembros un atajo de criminales y miserables. Así nos lo enseñaron *Rocco y sus hermanos* (L. Visconti, 1960) o *Surcos* (J. Nieves Conde, 1951), pero también pudimos comprobar que el emigrante venía del campo con la moral bastante corroída por la endogamia y la ausencia de horizontes en retratos como *Defensa* (J. Boorman, 1972), *El hombre de Mimbre* (R. Ardí, 1973), *El séptimo día* (C. Saura, 2004) o *Perros de Paja* (S. Peckinpah, 1970). En cualquier caso, sólo fue posible acusar de maldad a la máquina social cuya vorágine de miserias justificaba las tropelías de sus individuos.

Al avanzar el siglo XX apareció en las sociedades civilizadas un nuevo cáncer, individuos de existencia acomodada que decidían fríamente y conscientes de la gravedad de sus actos sembrar la destrucción a su alrededor en solitario y con tintes de escarmiento, con cierto regusto lúdico y político. Algunos apuntan al aburrimiento y la falta de valores que propicia una vida de placidez sin necesidad de lucha como la génesis de esta *New Evil Age*, pero lo cierto es que aún no somos muy capaces de analizarlo. El último maestro en este arte de "algo está pasando, no sabemos lo que es, estos son los síntomas, saque usted sus conclusiones" es Michael Haneke, que ha sabido retratar como nadie la fiereza con que embiste el montruo sin rostro en *71 fragmentos de una cronología del azar* (1994), *Código desconocido* (2000) y *Caché* (2005). Tras él ya llega la primera oleada de los que siguen sus pasos, como *Gus Van Sant* (Elephant, 2003) o el descarado *Jaime Rosales* (Las horas del día, 2003).

Esta nueva corriente nos conduce a continuar la búsqueda del mal en nuestro interior y nos deja sin el alivio que supone poder culpar a los demás, ¿o no?. *David Lynch* ha sabido contar mejor que nadie el deshonesto juego del hombre, ese que consiste en responsabilizar del sufrimiento que causamos a nuestro alrededor a ese hombre malvado e inquietante que se nos arrima para tentarnos. Una vez que todo está perdido, Lynch nos da la oportunidad de volver a empezar para descubrir que las cosas no pueden ser de otro modo, porque ese hombre maldito que nos condenó no era más que un reflejo nacido de nuestro propio interior. Una revisión del mito Jeckyll/Hyde.
También se dieron casos de personas capaces de asumir en vida su lado oscuro y darle rienda suelta por el mundo. El Doctor Lecter, El asesino/violador de las corbatas (*Frenesí*, A. Hitchcock, 1972), la parejita de dandys de *La soga* (A. Hitchcock, 1948) y toda esa recua posterior de violentos amantes de las liturgias barrocas y caprichosas no daban la impresión de poder ser justificados fácilmente por tamañas perrerías, pero los médicos lo estudiaron y resultó que no eran malvados, sino que estaban locos. Los demás no lo tenemos tan claro, pero no vamos a discutir ahora por estos señores sibilinos. Lo que sí parece claro es que todos ellos disfrutan como piara en un charco haciendo el mal a diestro y siniestro, y que algunos de ellos resultan fascinantes, admirables, envidiables y dignos de tirar el *San Pancracio* y ponerles las velas a ellos. Y si no que levante la mano el que no se haya estremecido de placer contemplando la majestuosa guerra entre la *Marquesa de Merteuil* y el *Vizconde de Valmont* (Las amistades peligrosas, S. Frears, 1988), si es que se atreve a someterse al escarnio. El móvil de todos estos sofisticados malvados no parece ser otro que el placer, que es mi justificación del mal preferida de todas cuantas hemos visto hasta ahora. Después hemos oído hablar en alguna ocasión de unos señores que se agrupan en sectas y hacen el mal con la esperanza de que ello les otorgue iluminación y evolución, pero esta excusa es un coñazo, aunque verosímil y la mar de seria. El cine de terror nos da testimonio de estas sectas y buscadores del saber en muestras como *Los sin nombre* (J Balagueró, 1999), aunque la triste realidad es que suelen estar capitaneadas por señores con mucho carisma e inteligencia más interesados en el dinero que en la educación del espíritu.

Como decía mi madre, el demonio tiene cara de conejo, y llegados a este punto en el que le hemos perdido la pista sólo nos queda recapitular lo que el cine nos ha enseñado: el ser humano es intrínsecamente malvado, aunque generalmente muy capaz de reprimir sus instintos, lo cual, ¿no lo convierte en un ser bondadoso?. Asuma usted de una vez que no es más que fiera domada y, si le interesa el tema, le propongo que reflexione desde otro enfoque, el cine como instrumento del Mal. Me despido de ustedes dejándoles un punto de comienzo: Walt Disney.