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YA NO SOY UN SOLO
Autor: Carlos Alonso

Nada más. Ni siquiera me has dejado la oportunidad de ponerme melodramático y soltar frases del estilo de: “Lo único que me has dejado es un olor dulzón a colonia cara y resentimiento”. Ni siquiera eso, tiene cojones. La primera noche fue horrible...

 ¡Qué bizarrada! Pensaréis en una primera lectura... Pero los que sabéis de la soledad acabaréis por identificaros con este relato. No sé yo si *Carlos Alonso* es un erudito del tema, ¿acaso importa algo?

¡Ya te vale colega! 7 años, un gran vacío y un cepillo de dientes... 

Nada más. Ni siquiera me has dejado la oportunidad de ponerme melodramático y soltar frases del estilo de: “Lo único que me has dejado es un olor dulzón a colonia cara y resentimiento”. Ni siquiera eso, tiene cojones. La primera noche fue horrible, no pude dormir, ni la otra, ni la de después, ni la siguiente tampoco. Sólo podía ir al baño y coger tu cepillo de dientes, con eso me bastaba. Me pasaba horas y horas mirándolo, hasta que sonaba el despertador e instintivamente cogía el mío para soltarlo inmediatamente.

Hay veces en las que no me doy cuenta y me sorprendo con él en la mano mientras veo la tele e incluso alguna que otra vez le he dirigido algún comentario. Pero ya no me asomaba a la terraza para ver si venías. Ya no te echo de menos. Ya no estoy triste. En el trabajo venía la peor parte. De repente me veía delante de montañas de papeles. Minúsculo. Casi sin poder respirar y con el único pensamiento de llegar a casa para cogerlo y jugar con él. Rascar sus ranuritas de plástico, mientras que con el calor de mi mano se ponía amarillo. Uno de esos días conté con desesperación los minutos que quedaban para salir. Una vez fuera caminaba rápidamente, chocaba con todo el mundo como un loco. Corrí hasta llegar al portal.

 

Mientras, mi estómago se iba anudando. No esperé al ascensor y me lancé sobre las escaleras. Saltando cada vez más escalones como estrategia de avance, primero de uno en uno, de dos en dos, de tres en tres… Hasta que finalmente caí de boca en el descansillo del tercero. No importaba, seguí subiendo mientras la sangre manchaba la camisa. Delante de la puerta temblé al tiempo que la abría. Tiré el maletín y allí estaba él… Junto a mi cepillo, muy juntos, formando una X. Fue como si todo diese vueltas en torno a nosotros.

Todo paró y ahí estábamos él y yo, con el insistente sonido de mi corazón resonando con fuerza. Como en una de esas películas horteras donde los dos amantes se reencuentran en una playa y suena una música pastelera.

 

Lo agarré con ganas y me lo metí en la boca. Al principio lo pasé suavemente, mientras mi respiración se iba acelerando y con la mano desabrochaba los botones de la camisa y me quitaba el abrigo. Cada vez ejercía más presión contra las encías al tiempo que se me ponía dura y babeaba más y más. Sus fluidos se mezclaban con los míos, con los azulejos del baño, con la sangre de la nariz. La espuma caía por las comisuras de los labios. Me atragantaba. Me agarraba al lavabo.

Mordí el cepillo. Me terminé corriendo. Esa noche la pasó en mi cama. Habíamos seguido el camino contrario: Primero se instaló en mi cuarto de baño y luego en mi cama. La mañana amaneció de domingo, pero esa felicidad no duró. Tenía que trabajar. La idea de dejarle solo en casa me aterraba, se me hacía insoportable, así que opté por llevarlo dentro de la chaqueta para tenerlo cerca. A medida que iba avanzando lo necesitaba más cerca aún y metí la mano en el bolsillo, pero no era bastante. Lo saqué y le mostré la ciudad, desconocida hasta entonces. Como si de un extranjero se tratase.

La gente nos miraba con ojos de vaca, mientras se daban codazos. A mi no me importaba. Les ignoramos al tiempo que bajamos al metro. Fue allí, cerca del andén, cuando el saltó. Como tú, trataba de escaparse. Pero esta vez era diferente. Esta vez lucharía. No le dejaría marchar. Lo último que recuerdo es una luz cegadora y mucho ruido. Eso y que él me habló. Lo juro. Anoche tuve mucho frío en la mesa de metal, mientras un tipo con bata verde se empeñaba en arrancarme lo único que tenía. Dicen que ha sido un suicidio. ¡Qué sabréis todos!