historias
Nemo y familia
Texto: Joseba Aranzueque

Hace tiempo les prometí que les contaría como conocí al Capitán Nemo y cómo fueron mis veinte mil leguas de viaje submarino.

Hoy, que los maremotos de mi memoria han dejado paso a una exasperante calma chicha, comienzo a relatarles los recuerdos de mi cuaderno de bitácora. *Nemo* surgió de la nada, una noche, entre el vapor de los cohes y el rocío de la madrugada.

Por aquel entonces yo me encontraba montando una vida nueva y él desmontando una vida vieja; era inevitable que acabáramos compartiendo confidencias, copas, tabaco y en último extremo, casa.

El primer domingo del mes instaló sus cartas de navegación, sus cuadernos de exploración escritos en sánscrito, una rosa de los vientos de cristal veneciano y varios cofres cerrados a cal y canto con candados de acero toledano y llenos de vaya usted a saber qué naufragios, en el desnudo salón de mi casa. 

Ocupó su parte del cuarto de baño con pequeñas redomas de alabastro egipcio tallado, rellenas de espesos y olorosos líquidos de imposibles colores, con un juego de navajas de afeitar hindú guardadas en estuches de terciopelo azul y blanco y su colección de conchas marinas de innumerables tamaños y formas. No hubo rincón, por pequeño que fuera, que no llenara con su presencia, desde las extrañas partituras musicales garabateadas en lenguas muertas que dejaba olvidadas entre mis libros, hasta el rastro de su perfume hecho de pimienta negra, almizcle y agua de mar que se pegaba a las paredes y a la ropa de cama.

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De una forma lenta pero inexorable se hizo con el timón de la nave de mi casa, guiándola entre el mar de los Sargazos de mi vida hacia quién sabe que nuevos puertos. Algunas noches le sorprendí mirando por las grandes ventanas del salón la oscuridad luminosa de las calles de Madrid, absorto en la contemplación de la música de las esferas celestes, esperando, tal vez que le susurrarán la ruta de nuevos destinos. Otras, en cambio, me despertaba el aroma del café italiano y el incienso de las ofrendas que quemaba en improvisados altares a Kali y Gadesha, mientras leía algún tratado oriental rescatado del fondo de sus inseparables baúles; y los fines de semana siempre le encontraba ocupado en el cuidado de las exóticas plantas con la que pobló mi terraza trasformándola en un invernadero victoriano que hubiera envidiado el mismísimo *Joseph Paxton*.

Con la llegada de Nemo, comenzaron a arribar el resto de los miembros de lo que más adelante seria mi familia. Una de las primeras tardes de otoño se personó *Álvaro Cunqueiro*, envuelto en humo de castañas y niebla gallega, acompañado de una cría de gamusino de mirada de ámbar y pelo de astracan ruso. Nemo recibió a los nuevos viajeros como quien recibe a unos parientes lejanos, pero no por ello menos queridos, y entre ambos se fraguó una corriente de comprensión y afecto similar a la que yo establecí con la cría de gamusino, a la cual terminé bautizando con el homérico nombre de “Argos”. El gallego de Mondoñedo inundó la casa de libros, de leyendas celtas de mujeres de cabellos de cobre y piel lechosa, de ciudades asolagadas, de gastronomías pantagruélicas y de anécdotas del *mago Merlín*, que fue compañero suyo de pupitre, y del *hada Melusina*, la de tan triste sino. Y de esta manera la rutina de mis días y mis noches se vio alumbrada por las eternas discusiones que sostenían mis dos inquilinos acerca de la naturaleza del alma de las sirenas, de los nombres de los montes que coronaban el continente perdido de la Atlántida, de los secretos ingredientes del tan prodigioso fuego griego, de la exacta ubicación de la fuente de la eterna juventud y de la suerte de los ahogados.


Mientras tanto mi recién bautizado gamusino y yo intentábamos encontrar sitio a los grabados franceses de Álvaro, a su colección de bronces tardo-romanos y escapularios de azabache, y hacíamos sitio en los armarios de mi pequeña casa para sus capas españolas de paño negro y sus gafas de carey y cristales mágicos. Los vecinos se acostumbraron a verme pasear envuelto en el chaquetón marinero de lana azul de Nemo, seguido por el pequeño y juguetón gamusino, que desprendía un olor a hiedra y madera de sándalo, y a escuchar a mi paso el tañido de las campanas de la *Santa Compaña* que me había regalado el bueno de Cunqueiro, y yo utilizaba para llamar a mi nueva mascota. Imagino que con el paso del tiempo dejaron de preguntarse las razones por las cuáles a las puertas de mi casa siempre aparecían restos de algas y estrellas de mar y se escuchaba el sonido de las olas rompiendo en el faro de Hércules, el fuego de San Telmo se reflejaba en los cristales de mi terraza y las noches de tormenta se veían extrañas luces en mis ventanas. Antes de que comenzaran las lluvias de invierno, sin previo aviso y tan sólo intuida por una inesperada y loca floración de las gardenias japonesas que Nemo rescató entre las ruinas de alguno de sus viajes; hizo su aparición mi querida *Kay Kendall*.

 Arropada en un abrigo de leopardo de corte francés, que hizo erizarse al siempre tierno “Argos”, tocada con un diminuto sombrero negro y medias de costura negra, venía huyendo de la leucemia y los acantilados de Inglaterra. Derramó su esencia a canela quemada cuando se quitó sus guantes negros y con una sonrisa de carmín rojo se convirtió en dueña y señora de lo que hasta ahora había sido un sucedáneo del “Nautilus”.

Con ella llegaron las vajillas de porcelana de Sajonia, los vasos neoclásicos de _Wedgwood_, la cubertería de plata de su apartamento londinense y los bocetos de _John Flaxman_. Me tapizó en seda, a rayas azules y amarillas, el corazón y las sillas Directorio que logró salvar de los avatares de su propia derrota, cambió de sitio los muebles y nuestras nostalgias y con una gracia, no exenta de tristeza, sacó de su bolso de cocodrilo “Hermès” una pequeña fotografía enmarcada en plata de Rex Harrison que coloco en mi mesa de trabajo junto a las miniaturas de jade chino y el ordenador.

Usurpó nuestro cuarto de baño, entre la sonrisa divertida de Nemo y la mirada comprensiva de Álvaro, con sus frascos de perfume parisino, sus juegos de tocador de cristal italiano y plata dorada, con sus cremas de belleza hechas a mano en la isla de Avalon, con un sinfín de artilugios a cuál más bello y delicado y lanzándonos una triunfal mirada, dejo muy claro que a partir de ahora tendríamos que esperar lo inesperado para poder volver a utilizar el cuarto de baño.

Aprendimos a adorar su perfil de diosa griega en las noches de luna llena, cuando el dolor y la pena, la hacían pasearse inquieta entre las plantas del invernadero de la terraza y Álvaro, con mano izquierda, la iba relatando, como si hablara de ella misma, las leyendas de su tierra, le iba hablando de guerreros y damas, de buques que zarpaban al Nuevo Mundo, de pazos encantados y bosques animados, y lentamente, suavemente, entre Nemo y yo conseguíamos llevarla de nuevo a la cama y la arropábamos entre mantas de cachemira mientras nuestro gamusino se acurrucaba a la altura de su cara y le lamía las lagrimas.

Sus noches de agonía fueron cediendo y dieron paso a una tranquila y serena aceptación de su nueva familia, y en lugar de pasearse inquieta por el invernadero de la terraza comenzó a ofrecernos tazas de té indio servidas en juegos de porcelana de Limoges y a contarnos irónicas anécdotas del teatro británico mientras Nemo, el gamusino y yo admirábamos sin disimulo su elegante nariz y el impenitente Álvaro fabulaba sobre lo que hubiera escrito Quevedo sobre tan singular dama y no menos singular nariz. Hace pocos días Nemo nos anuncio que volvía a la mar, y desde hace ya unas semanas esta embarcado; se ha dejado en casa su eterno chaquetón de lana azul marino y unos cuantos jerséis de cuello vuelto que ahora uso yo. El tío Álvaro y la tía Kay han comenzado a tomar la costumbre de acompañarme, junto a mi querido gamusino Argos, en mis largos paseos por la ribera del Manzanares en los cuales dejamos caer al río una botella con un mensaje dentro, en el cual le contamos a Nemo las ultimas novedades de su familia madrileña.

Y cuando vuelvo de madrugada, siempre encuentro a Kay esperándome, con una sonrisa condescendiente en sus labios pintados de carmín rojo cada vez que le dijo que he visto a *“La Prohibida”* y que su nariz no tiene nada que envidiarle. Y al tío Cunqueiro esperándome para contarme alguna travesura de sus años de rapaz cuando compartía pupitre y fonda con el mago Merlín, y a mi querido gamusino mirándome con sus ojos de color ámbar cada vez que decido levantarme de madrugada para sacar brillo al juego de navajas hindúes que Nemo se ha dejado en nuestro cuarto de baño compartido.