Billetes de ida y vuelta

historias

“My heart is breaking/ I cannot sleep /I love a man/ Who’s afraid of me/ He believes if he doesn’t/ Stand guard with a knife/ I’ll make him my slave / For the rest of his life…”




Esta ha sido la canción que escupía en mi oído este verano.
Cigarro en boca y conduciendo de noche hubiera quedado muy beat, pero la realidad siempre supera cualquier expectativa.
La entrada a Madrid por la carretera de Valencia no es California, ni un autocar de Alsa pasa por un Chevrolet de un año que ni me interesa. Fin de las vacaciones. Fin desvaído.
Ni las recuerdo, ni las he olvidado, han pasado casi desapercibidas y eso ha sido bueno. Ahí han andado, casi de puntillas y arañando despacito.
Ninguna prueba gráfica, pero la mochila aún tiene arena en algún bolsillo. Si rebusco puedo llevarme alguna sorpresa, pero seguro que no aparece el hombre muestrario de Cartier versión leatherona.
Tampoco asomarán las narices esos dos que decían ‘hola’ si los cruzabas en la montaña.
El perro que ladraba al salir del agua tampoco.
Las heridas de los pies ya desaparecieron. Dios da un don por persona y a mi me dio el de joderme los pies cada verano. El modo es el mismo, descalzo, piso roca y rajo pie.
Ya me he aprendido el ritual, casi me fastidia lo contrario. Soy un hombre de costumbres.
Puedo seguir buscando en la mochila verde, pero tampoco aparecerán las sillas de plástico del cine de verano, quizás con un poco de suerte surja un trozo de pan reseco o las pilas gastadas de los altavoces en los que poníamos música al caer el sol y nos hacíamos un peta, perdidos en una cala que era invadida por mosquitos como si fuera una versión murciana de “Los pájaros” de Hichtcok.


¿Quedará aún algún pegotón de sangre en los cristales?
Si meto el brazo hasta el fondo ¿aparecerán latas de cervezas y besos de coña? No creo, y eso que yo andaba dispuesto entre libro y libro.
Como mucho me toparé con churretes de crema que odio, pero sigo poniendo con cara de niño bueno mientras no sé dónde limpiarme para no pringarme.
A lo mejor hasta encuentro el trozo de carta de amor que encontré en la carretera y regalé a modo de souvenir.
Posiblemente si abro la cremallera delantera aún ronde el tapón de la botella de vino que surgió por sorpresa en la última noche en la playa, cuando hablaba con voz ronca y bajito como si temiera despertar a alguien y la máquina que limpiaba la playa deslumbraba a cada rato.
Sé que todo estará tal y como lo dejé y por eso no voy a seguir buscando.
Todo seguirá en su lugar, la terraza en la que caben una mesa y cuatro sillas, las ventanas cerradas o con las persianas bajadas para prevenir gatos suicidas, los mil planes y las 27 listas, los charcos de fin de fiesta esperando ser bailados, las risas a destiempo y las comidas a deshora, las bolsas cargadas de cosas absurdas.
Las cosas tendrán su orden, pero yo… yo hace tiempo que he regresado.

Por Carlos Alonso