Fofi, el perro ovejero y la serpiente capulla

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Fofi no se esperaba lo que le iba a ocurrir aquella tarde. No había menos de 40 grados a la sombra. Los prados agostados y el sonido de la chicharra le quitaban las ganas de jugar y de dar la paliza a las vacas, que también se estaban echando la siesta.




Mientras escuchaba la melodía de un árbol caído en el jardín, pensaba en lo poco original que resultaba su nombre, pero se sentía orgulloso de ser el cuarto Fofi de la familia y único superviviente. Su bisabuelo había muerto de frío en un pajar un invierno especialmente crudo, y su abuelo y su padre habían perdido demasiado el respeto a los jabalíes en las cacerías del amo, así habían acabado. Fofi no era tan valiente como sus antecesores, creía en la prudencia e incluso algunos le podían llamar miedica porque antes de lanzarse a olisquear se lo tenía que pensar dos veces. Fofi era corriente, pero él no quería ser otra cosa, sólo le preocupaba no ser el amigo de demasiadas pulgas, y eso era inevitable con las ovejas cada dos por tres infestadas y rondando por ahí.

Pero a veces el peligro acude a uno sin habérselo buscado.

Fofi sabía que ese verano había más serpientes de lo normal, a su amo le había visto matar unas cuantas con una piedra muy gorda del camino. La piedra había enrojecido por debajo, así que eso da una idea de las serpientes que había aplastado. Fofi también sabía que las muy capullas se escondían sobre todo en la zona del jardín donde el cortacésped brillaba por su ausencia. Entre el rosal amarillo y el blanco, los hierbajos silvestres y los agujeros de los topillos, se había creado un entorno maravilloso para su cría, y el agua de la piscina en ruinas las servía de bebedero.

Fofi evitaba pasar por el peculiar triángulo de las bermudas del jardín, y este verano sería más prudente que nunca. No había sido un año fácill sentimentalmente y se le hacía tarde para tener descendencia.


Fofi bebía agua en la vieja rueda de afilar, alejada del triángulo de las Bermudas. Allí había bebido todo el verano, y ya estaba asqueado porque ese agua llevaba estancada meses, era casi negra de la podredumbre de las hojas y las ramas que habían caído en ella; pero para él lo importante no era el sabor, sino la seguridad. Fofi estaba equivocado. Cuando hundió el hocico para llevarse un poco de agua a la boca… lo sacó con una serpiente verde y roja como apéndice. Se asustó, gritó, y dio un salto en el mismo momento en que notaba a La Muy Capulla picarle en todos los morros.

Fofi se zafó de ella, agitando la cabeza, y corrió muy asustado, El dolor le penetraba la parte frontal de su cabeza, ¿estaba perdiendo el olfato? Sabía que debía acudir a su amo para que le viera, y aunque se moría sólo de pensarlo, le sacara con un cuchillo el veneno de La Muy Capulla. Eso le había hecho el verano pasado a su amiga y amante Neska, o al menos eso le parecía haber visto, porque había tenido que apartar la mirada de esa escabechina para no desmayarse. Gracias al amo, Neska estaba vivita y coleando, eso sí, con otro y bien preñada.

A Fofi no le hizo falta llegar hasta la puerta para darse cuenta de que estaba solo, el coche del amo no estaba en el camino, debía haber bajado al pueblo a tomar café con el cojo y a reírse de la ninfómana.
Fofi se recostó bajo el chopo, a la sombra en aquel día caluroso, intentando no pensar en el dolor, en la parálisis y anhelando que hubiera vida más allá de la muerte. Se tumbó, cerró los ojos y en ese momento pensó en lo poco valiente que iba a ser su muerte, y que era una pena que Neska no le hubiera querido para dejarla preñada del quinto Fofi.

Por Quique Mix