Veranos desde mi butaca

cine

Ansiamos su llegada con la mente abierta a todo tipo de planes, nos creemos que este será el definitivo, nuestro gran verano, el de la gran juerga, el de ese gran amor que surgirá entre las tumbonas. Al final, los días de asueto pasan volando y al volver a la oficina me doy cuenta de que los mejores veranos no los he vivido con mis amigos o amantes, los más memorables los compartí con Elizabeth Taylor, Paul Newman, Matt Damon, Kathleen Turner o Kim Novak. Los he vivido a oscuras y en una sala de cine. Los veranos cinematográficos siempre me han dado más alegrías. Aquí va un resumen de algunos de los que mayores placeres me han proporcionado.




Los amores de verano
Es lo típico, el rollito de verano, el ligue de playa, el revolcón que contar a los amiguetes. Las suecas, los tentadores hamaqueros, aquel camarero bronceado, la rubia del Hotel, el guiri que sólo sabía decir ‘follar’… La filmografía en torno a estos romances pasajeros, que algunas veces marcan toda una vida, es rica y extensa. Los amores iniciáticos nos llevan al imborrable recuerdo de ‘Verano del 42’ (1971), con aquella madurita Jennifer O’Neill dejándose seducir por un adolescente (y con la preciosa partitura musical de Michel Legrand ganadora del Oscar). En versión española, destacar los ‘Besos para todos’ que Jaime Chávarri rodó en el 2000 poniendo a Eloy Azorín en brazos de Emma Suárez. Chapoteando en un río, se enamoró una jovencísima Reese Witherspoon (en su primera película) de su vecinito veinteañero en la deliciosa ‘Verano en Louisiana’ (1991). Entre la iniciación y la experimentación sexual, se movían los chicos de la bellísima ‘Los juncos salvajes’ (1994), que contiene uno de los planos más románticos de la historia, el de la moto con el adagio de Mahler de fondo. Y como parte de ese subgénero surgido en los 50 de las comedias románticas turísticas en Italia, imprescindible ‘Vacaciones en Roma’ (1953), con Audrey y Gregory Peck de paseo en vespa, y más recientemente, nunca se me irá de la cabeza, ese beso en la campiña toscana entre la tontorrona Helena Bonham Carter y el rubiales Julian Sands, en ‘Una habitación con vistas’ (1986) al son de Puccini.

El Rodríguez
Una de las figuras más típicamente veraniegas es la del Rodríguez, encumbrada en la España cañí en la década de los 70, cuando la familia media empezó a tener suficiente dinerillo como para veranear en la costa. Surgió entonces la figura del clásico marido que se quedaba en los madriles currando mientras su señora y los niños se torraban en Benidorm. Sobra decir que el tópico pintaba al Rodríguez aprovechando la soledad para irse de boites y copazos con alegres chicas de alterne. López Vázquez, Ozores y compañía nos regalaron un montón de españoladas turísticas con este argumento, pero antes que todas ellas, hubo una que hizo historia: ‘La tentación vive arriba’ (1955). Billy Wilder nos hizo creer que el pusilánime Tom Ewell, podía llevarse al huerto a Marilyn, aunque a ella lo que de verdad le preocupaba era cómo dormir fresquita en New York sin aire acondicionado.

Las pasiones enfermizas
Y los calores son también los culpables de muchas tragedias. Dicen los especialistas que el calor altera la personalidad, nos vuelve impulsivos y en ocasiones es la excusa perfecta para justificar terribles acciones. Puestos de dejarnos llevar por nuestros impulsos criminales, la suma de calor + sexo + muerte ha proporcionado títulos inmejorables. En mitad de un calurosísimo verano en Florida, a William Hurt no se lo ocurrió nada mejor que pensar con la polla y dejarse liar por las curvas de una tremenda Kathleen Turner en ‘Fuego en el cuerpo’ (1980), y claro, entre polvazo y polvazo sudoroso (pocas pelis han captado mejor la agobiante atmósfera veraniega) llegaba el crimen pasional. Puede que el calor también afectase a Melanie Griffith cuando decidió cortarle la cabeza a su esposo maltratador en la magnífica ‘Locos en Alabama’ (1999); a Michael Douglas aquel mes de julio en el que le dio la vena y se puso a hacer justicia por su cuenta en la siempre reivindicable ‘Un día de furia’ (1993); o a nuestro Antonio Banderas cuando los celos le consumieron en la ‘La ley del deseo’ (1986) y se cargó al pobre Micky Molina (Antoñito se tenía que haber dado un manguerazo frío en plena calle como la Maura). Jude Law y Gwyneth Paltrow estaban también de eternas vacaciones en Italia cuando llegó Matt Damon con sus engañifas y convirtiendo ‘El talento de Mr. Ripley’ (1999), en un hermosísima tragedia de amor enfermizo. De como poco, enfermizo, puede calificarse el comportamiento del ilustre Gene Hackman, que logró una de sus mejores interpretaciones en la estupenda ‘Bajo sospecha’ (2000), interpretando a un inquietante millonario, tostado por el sol de las playas de Puerto Rico, sospechoso de violar y asesinar a varias niñas. ¡No perderse su IMPRESIONANTE monólogo final! Y no olvidéis nunca que hay que tener cuidado con lo que se hace estos meses, porque siempre habrá alguien que sepa lo hicisteis el último verano.




Cuidado con el mar
Estamos de acuerdo en que verano significa playa. El mar es milagroso, entre otras cosas porque permite que las resacas desaparezcan al instante. Pero somos muchos millones los que no lo disfrutamos del todo, desde que a Spielberg se le ocurrió ese magistral plano, visto desde abajo, de las piernas moviéndose en el agua. Me refiero naturalmente a ‘Tiburón’ (1975). Suya es la culpa de que ya no nos bañemos tranquilos, de que ni se nos pase por la cabeza eso de darnos el chapuzón calentorro en plena noche, y que rechacemos continuamente todas las invitaciones que nos hacen a pasar el día en el yate de Valentino. Haced la prueba de resistencia: coge el iPod, métete en el agua y ponte el escalofriante tema central de John Williams…

Clásicos calurosos
Si hay un actor que sabe de esto de pasar calor y abandonarse a sus influjos más sensuales ese es Paul Newman. Vivió ‘El largo y cálido verano’ (1958) tratando de ligarse a una estrecha Joanne Woodward, y ese mismo año, también sudó de lo lindo, con su pijama de seda azul y su pata escayolada, resistiendo los envites de Elizabeth Taylor en ‘La gata sobre el tejado de zinc’ (1958), y al poco, en 1962, dando placer a Geraldine Page en ‘Dulce pájaro de juventud’. La Taylor ha tenido también unos cuantos veranos moviditos, después de ser “la gata”, la quisieron lobotomizar en ‘De repente el último verano’ (1959), y es que la pobre se había quedado traumatizada tras ver como a su amigo marica, Sebastián, se lo comían (literalmente) unos jovenzuelos en las playas de Tarragona (supuestamente una isla griega). Entre la gloria de los clásicos, no olvidar ‘Picnic’ (1955), y ese bailecito de Kim Novak tirándole los trastos al descamisado William Holden, o el angustioso bochorno que sufría Blanche Dubois (Vivien Leigh) en el Nueva Orleáns de ‘Un tranvía llamado deseo’ (1951).

Riñas de pareja
Las estadísticas lo refrendan cada año, los divorcios aumentan al terminar el verano. No es mi caso, yo soy de los que prefiere la bronca y la ruptura antes de las vacaciones y así uno se va tranquilo. Audrey Hepburn y Albert Finney se tiraron los trastos a la cabeza durante unos cuantos inolvidables veranos que vivieron juntos en ‘Dos en la carretera’ (1967), una de las mayores obras maestras del gran Stanley Donen. El extraordinario guión de Frederic Raphael desentrañó, entre risas y lágrimas, las más oscuras miserias del matrimonio, una antología de crueldad y romanticismo con final ¿feliz?. Y ahora que Woody Allen se ha tirado todo el verano rodando en Barcelona, recordar que el genio utilizó el veranillo como escenario para hurgar en las infidelidades, lo hizo a moda de coña a medio camino entre Shakespeare y Bergman con ‘La comedia sexual de una noche de verano’ (1982), y años después, bañado de melancolía en la admirable ‘September’ (1987), donde Mia Farrow y una formidable Dianne Wiest vivían un final de verano lleno de amargura. Y es que el final del verano siempre es triste para todos.



Por Angel Retamar