Cinemanía
cine
La cinefilia puede manifestarse en el espíritu de un individuo espontánea y naturalmente, faltaría más, pero hoy vamos a ocuparnos de un fenómeno relacionado que suele presentarse con gran frecuencia y que consiste en consumir cine porque nos viene muy bien para fines perversos o sencillamente por imitar al vecino; me estoy refiriendo naturalmente a la cinemanía. Como no nos vemos muy capaces de definirla vamos a tirar por la calle ancha y sin más revoloteo nos disponemos a retratar a los especímenes más representativos o irritantes de este mal con el que Zeus Tonante nos azota.
EL FRIKI.
El más evidente de estos casos es el mal denominado friki. Hablando en términos cinematográficos, no es más que una criatura que DECIDE subrayar y demostrar constantemente su incapacidad de adaptación social o carencia de personalidad consumiendo un cine generalmente de escasa calidad con el fin de diferenciarse de la corriente principal. Curiosamente se trata de un colectivo cada vez más exhibicionista y precoz que está acabando por reducirse a focos de adolescentes travestidos de elfa o malvada espacial que coleccionan figuritas de resina y hablan en voz demasiado alta en las tiendas de tebeos. Entre los estandartes de esta familia figuran algunas de las peores películas de todos los tiempos, como Cube (Natali, 1998), La vida de Brian (Monty Python, 1979) o The Ring (Nakata, 1998).
EL PROSAICO.
Éste va de los 15 a los 40 años de edad, pero gusta de consumir cine infantil, que suele presentarse con frecuencia en forma de trilogías, sin otra intención que la de tener algo de lo que hablar, ir a la sala grande del Kinépolis o sencillamente que puedan regalarle para su cumpleaños algo que no sea colonia. El germen de esta epidemia se encuentra en la primera tanda galáctica de George Lucas, alcanza aún con dignidad la pubertad con Indiana Jones y degenera por completo con el resurgir de Disney en los 90, cuando parece que su cruzada por coger todo lo bello y llenarlo de mierda se adueña para siempre del mundo con ataques tan obscenos y envenenados como La Bella y la Bestia (1991) o El rey león (1994). Disney consigue así asestar un mazazo definitivo a la civilización insuflando en la población adulta el convencimiento de que puede consumir películas infantiles y luego contarlo en el trabajo sin hacer el ridículo. Actualmente el fenómeno parece gozar de una salud robusta gracias a estupideces como El señor de los anillos (Jackson, 2001), Harry Potter o Matrix (Wachowski, 1999) aunque es cierto que resulta complicada la elaboración de productos que sacien su ansia con eficacia.
EL CHUPIGUAY.
El chupi es un hereje que trata de alejarse de la etnia friki aprovechando cualquier cambio de aires, como por ejemplo el paso del instituto a la universidad, para romper con su pasado y dárselas de alma de la fiesta. En un momento concreto de su vida decide disfrazarse y utiliza el cine de la misma manera que las gafas de pasta, para llamar la atención. Son fáciles de reconocer por su empeño en lucir atuendos que no les favorecen en absoluto aunque ellos crean que sí y porque les encanta Julio Médem, Darren Aronofsky, El club de la lucha (Fincher, 1999), Amélie (Jeunet, 2001) y todas esas películas que son el traje nuevo del emperador de nuestros días.
EL PROFESIONAL.
Se trata realmente de la versión enfermiza del chupi y podemos respirar agradecidos pues escasea bastante. Suele estar completamente desquiciado por alguna tara y se autoproclama cineasta con tanto ahínco que en ocasiones lo consigue. Suele aprovechar el encanto que el mundo del cine ejerce sobre la gente para atraerlos hasta su madriguera y, una vez allí, utilizar su posición privilegiada como moneda de cambio. Normalmente escribe un blog en el que hace el ridículo y sus seguidores babean sin pudor de ninguna clase. Se agrupan y despliegan la estrategia del pan de los mediocres. Tienen un lema implícito que todos conocen pero jamás admiten: “Si tú te crees mi rollito especial yo me creo el tuyo” y dan lugar a pequeños lobbies con los que consiguen producción para sus proyectos, sexo e incluso premios Goya.
EL CUENTAPREMIOS.
Es el más cansino de todos. Se pasa la vida haciendo quinielas y no le hace falta ver una película para saber si le gusta o no, eso se decide en función del nombre del director o de los premios y las críticas. Se pirran por Amenábar y no distinguen entre American Beauty (Mendes, 1999) y El padrino (Coppola, 1972). Incluso son capaces de repetir en orden cronológico invertido la filmografía de John Ford sin necesidad de haber visto más que un par de sus películas. Los hay que ya están especulando sobre las favoritas a los Oscar diez meses antes de que se proclamen las nominaciones.
Puede que usted, querido lector, se haya sentido molesto al identificarse con alguno de estos grupos, pero no debe entregarse al resentimiento, porque incluso nosotros dudamos a veces de la honestidad de nuestra cinefilia. Por otra parte, ¿quién dice que fingir y utilizar el cine no sea legítimo?. Ya sabemos que quien ama el cine ama la vida, pero ya va siendo hora de que alguien diga qué pasa con los que, en vez de amarlo, van al cine como el que va al gimnasio.
Por Charles Dexter Ward
