Sobre manías y maníacos

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No hay nada más fácil que trasformar un hábito mil veces repetido en una maldita o bendita manía, según se mire. A fin de cuentas, las manías son eso, unas costumbres o hábitos que por mil veces repetidos se han trasformado en un ritual que puede condenarnos o salvarnos según se encuentre nuestro estado de ánimo. Y si no hagan ustedes memoria de los momentos más tristes o más felices de su vida y encontrarán en todos ellos algunas de las manías que les han acompañado a lo largo de toda su vida.
Piensen bien.

Recuerdan la manera en que tomaban el café con su primer novio/a, el perfume que usaban en aquella época, la querencia que tenían por determinada camisa o por aquellos calzoncillos. Todo aquello formaba parte de un ritual que les conducía a la felicidad, se sentían seguros repitiendo esos gestos o usando aquella ropa, es decir, de una manera inconsciente pensábamos que repitiendo esos pasos uno a uno estábamos conjurando nuestra felicidad; por el lado contrario cuando una relación se terminaba o cuando perdíamos algo que nos importaba, inmediatamente esos rituales pasaban a convertirse en una maldición bíblica, ya no podíamos oler aquel perfume porque nos revolvía las entrañas, evitamos pasar por delante de determinados cafés donde fuimos felices, la camisa que tanto nos gustaba termina sus días en el guardarropa de cualquier parroquia y esos calzoncillos quedan relegados al olvido y así , de una manera inconsciente, comenzamos a tejer unas nuevas manías para intentar salvar nuestro frágil equilibrio emocional, comenzamos a establecer unos nuevos rituales que puedan defendernos de lo inevitable, que puedan salvaguardar lo poco que queda de nosotros mismos, que puedan protegernos de nosotros mismos. Y de esta manera nos vamos convirtiendo en unos maníacos anónimos que arrastramos nuestra felicidad y nuestra desgracia bajo el manto de innumerables manías que de una forma encubierta, como piel de cebolla, van modelando nuestro carácter y nuestra personalidad.

Vamos dejando transcurrir el tiempo y las estaciones para que poco a poco la lluvia y el sol erosionen las antiguas manías y dejen espacio para las nuevas que están por llegar, algunas, sin embargo, se quedan adheridas a nuestra piel como los percebes a las rocas del Cantábrico para recordarnos que nadie, ni siquiera nosotros mismos, estamos libres de los peligros de la mar. No les hablaré de esas manías que nos acompañan para toda vida, cada uno de ustedes conocen las suyas propias.

Yo tengo una que me ha acompañado a lo largo de toda la vida, creo que ya se ha convertido en una obsesión, ya saben que ciertas manías se pueden convertir en obsesiones, para algunos son las peores o las mejores. Todo depende del cristal con que se mire.

He tenido siempre la intuición o la certeza de que determinados mitos universales son ciertos, de que por estos mundos de Dios vagan de una manera más o menos encubierta los héroes de la Ilíada o la Odisea, que Medea, Casandra o la bella Helena habitan junto a nosotros, que Ulises, Héctor o Agamenón siguen disputando sus antiguas rencillas bajo los albores del nuevo milenio, pero mi verdadera obsesión ha sido siempre el capitán Nemo.

Tengo la absurda teoría, todas las manías si lo miran bien son absurdas, de que este señor aún vaga por los mares del mundo como un nuevo Holandés Errante, dejándose ver de tarde en tarde en los puertos más dispares y que algunas veces se nos cruza en la vida para sacarnos de los tentáculos del ultimo kraken con que nos hemos topado. No me pregunten de dónde me viene esta paranoia, ni que razones tengo para creerlo, ya se habrán dado cuenta de que formo parte de esa innumerable lista de maníacos obsesivos, pero es algo que no puedo evitar pensar, quizás sea un forma de autoengaño, como casi todas nuestras obsesiones, el hecho de que el Nautilus fondee en el lecho del Manzanares y que cualquier día nos tropezamos con su tripulación en cualquier esquina de cualquier calle o en la barra de cualquier bar dispuestos a invitarnos a recorrer veinte mil leguas de viaje submarino. Y en el fondo no es una idea descabellada, peores viajes hemos hecho, en peores plazas hemos toreado y en peores garitas hemos hecho guardia.

Imaginen por un momento el viaje, sólo por un momento. Olvidaríamos por unas semanas las antiguas manías y adquiriríamos unas nuevas y así unas vez tras otra iríamos cerrando el mismo círculo, renovándonos sin dejar de ser los mismos.

Desde hace mucho tiempo conservo en la mesilla de noche una foto del capitán Nemo, es una foto antigua, esta desenfocada y sólo se percibe su barba y unas gafas de sol exactas a las mías, al fondo la silueta difuminada del Nautilus en un mar del Norte.

Entre todas mis manías confesables como la de tomar el café solo y a ser posible italiano, la de fumar Camel, escuchar a Gianna Giannini si estoy contento y a Omara Portuondo si estoy triste, afeitarme la cabeza cada tres días, usar el vinagre de Módena para todo, releer a García Márquez y pesarme cincuenta mil veces al día, entre todas estas, aún conservo la manía de saber que el capitán Nemo existe y tal vez en otra ocasión, según me encuentre de ánimo, les contaré como fueron mis veinte mil leguas de viaje submarino.
Bendito capitán Nemo.

Por Joseba Aranzueque