El lado guarro.
cine
Parece mentira que el cine haya desatendido prácticamente por completo un tema tan universal y cotidiano como la higiene; nuestra memoria está plagada de personajes y ámbitos invadidos por la mugre, pero son muy escasas las obras que abordan un discurso acerca del ser o no ser guarros. Supongo que se trata de un tema tabú, como en la vida real, donde pocos osan declarar públicamente ciertas costumbres privadas que en su mayor parte están bastante condicionadas por elementos culturales. Me resulta imposible recordar una sola película en la que la higiene de un personaje determinase sustancialmente la trama a excepción, claro, de Pink Flamingos (John Waters, 1972) que cuenta la lucha de Divine por defender el título de mujer más guarra del mundo. Fuera del movimiento trash o punk diría que sólo nos hemos aproximado a la cuestión cerda a través de su relación con el sexo, lo cual no tiene mucho mérito, pues con la embriaguez de la excitación sexual hasta el más escrupuloso de la reunión puede llegar a considerar un beso negro como una práctica harto apetitosa.
Normalmente los hábitos higiénicos suelen utilizarse para subrayar la moralidad de los personajes, práctica que alcanza su máximo esplendor en la serie Buffy cazavampiros (Joss Whedon) donde los buenos van de punta en blanco, los malvados descuidan la rotación en su vestimenta o el rigor de su peinado y donde un cambio de bando va siempre acompañado de un esclarecedor cambio de look. Huelga decir que casi siempre estamos de parte de los más aficionados al agua y al jabón, salvo cuando se acumula roña por motivos políticos- como la Isabel I de Lola Flores en Juana la loca... de vez en cuando (José Ramón Larraz, 1983)- o como símbolo de la angustia adolescente- Silvia Abascal en El tiempo de la felicidad (Manuel Iborra, 1997)-, aunque siempre hay un grupo de afectados que se encargan de dar al guarro en cuestión una buena ración de agua y estropajo en contra de su voluntad; ahora no soy capaz de citar más caso que el anterior, El día de los tramposos (Joseph L. Mankiewicz, 1970) o, cómo no, a Audrey Hepburn cual hidra en My fair lady (George Cukor, 1964), pero seguro que ustedes pueden recordar numerosas y alegres escenas de multitudes aseando a un insurrecto que se revuelve como rabo de lagartija. También es seguro que no pecaremos de pedantes si en muchos de esos casos queremos ver cierta metáfora que identifique el lavado con una buena doma o aplaque de rebeldía.

Pues a pesar de este vacío con que han reprimido las pelis a aquellos individuos que eligen libres y valientes el camino de la mugre, el mundo del cine es un medio natural donde el sucio campa a sus anchas como marrano en un charco y donde la roña crece libre en cuanto se pronuncia la palabra “corten”. ¿No les da que pensar que la novia de América sólo se afeite el sobaco si lo exige el guión, que el vástago de una estirpe de actores demuestre a la prensa que limpiarse el culo es una práctica por completo prescindible, que se puedan contar con los dedos de la mano las damas de la escena que usan bragas o que Mickey Rourke...? Bueno, de Mickey Rourke habría para hablar largo y tendido; su poca afición a las abluciones y afeites es antológica, y cuenta la leyenda que la congoja y el morbo con que Kim Bassinger representó a aquella mujer del striptease en Nueve semanas y media (Adrian Lyne, 1986) no era interpretación, sino la reacción natural a los olores densos y añejos que despedía el actor, quien por aquel entonces era deseado universalmente gracias a su aspecto de gorrino, marginal y violento. Hace ya mucho tiempo de eso y parecía cuestión de tiempo que alguna celebridad se decidiese a epatar al hemisferio norte haciendo de vientre en público o lanzando su propia línea de hedores envasados, pero las cosas siguieron otros derroteros y ahora no hay quien reconozca a las estrellas cuando salen de casa sin maquillar o cuando no se les aplica ese toque de photoshop, que supongo que además de los michelines también servirá para disimular las pelotillas de los sobacos. Oremos para que ahora, con tanto revival, vuelva el odorama y con sólo comprar la Cuore y rascar una tarjetita podamos respirar la esencia de nuestros ídolos.
Por Charles Dexter Ward
