Evripidis And His Tragedies

musica

Yo veo a Evripidis con agua en los oídos y sal en sus manos, esa sal puñetera que se queda en la piel cuando se evapora el agua del mar tras un largo día de playa, y que escuece tanto si da la casualidad de que te has hecho una heridita cocinando, o abriendo una lata de conservas con efusión. El primer disco de Evripidis And His tragedies, de título homónimo abre sus grandes puertas de mansión antigua en la colina perdida de un pueblo norteño. Lo hace dando directamente al cuarto en el que se desarrolla una clase de canto con un joven y talentoso profesor que toca el piano para sus alumnas coristas, en los primeros ensayos de una nueva obra de teatro. El roble del parqué y las cómodas de tiempos que pasaron brillan, y la luz antigua colorea los ojos de los presentes de una inhóspita palidez. Es una obra de teatro de los más variopintos pasajes y personajes, de historias cotidianas pero bañadas de la más resplandeciente fantasía, y de un humor y melancolía plagada de ironía. “Abroad” abre el disco como una juguetona y perfecta presentación de los caracteres que se mantendrán a lo largo de todo el musical, un musical adolescente de destellos centroeuropeos y referencias a grandes dramaturgos como Chejov, o de guiños estéticos a lo Beltor Brecht. Eso sí, ambientado en los más contemporáneos pasajes de la vida de su autor.
Evripidis mece entre las teclas de su piano, los violines y las voces rotas e inocentes de su elenco de actrices, a los personajes de su propia existencia y a los que seguramente habitan sus sueños. Igual que un pájaro con miedo a la lluvia que espera ansioso que llegue ese junio, y esos rayos de sol amarillo y radiante, de ese que produce cáncer tras progresivas y disparatadas exposiciones. Porque Evripidis quiere irse a hablar de Anaïs Nin con golondrinas, gorriones y demás pajarracos. “It’s June again” o “Ru Ru I’d love to” hablan de eso no sólo en las líricas, lo dicen a gritos en cada tecla de piano. Nico se manifiesta en ese sainete moderno de terciopelo rojo llamado “Some Nights are sleepless” o en esa joya de microépica intimista sobre un perro abandonado lleno de piojos (Straydog). Y luz, y hielo y si me apuro, luciérnagas de cristal y hasta a la mismísima Kate Bush veo, vigilando acechante el corazón helado de “Antarctica”.Y también veo marmol, musgo, la barba de un joven que crece aun después de muerto y una fiesta sordomuda de manchas de vino tinto, de sombreros de papel y lluvia a medias de cielo nublado de marzo habitando como urna o como córnea en “...cause I shall rise again!”, hibernando un mundo que aún no ha ocurrido. Evripidis quiere irse a hablar de Anaïs Nin con las golondrinas, y no soporta estar encerrado en una oficina, entre cafés de aguachirri y fluorescentes. Quiere pasear por el puerto, y dormir la siesta bajo un árbol, un domingo tras una agitada noche de fiesta en el Razzmatazz. Y una balada de magia húmeda es Evripidis And His Tragedies, y un zorro disfrazado de una piel de otro zorro en un triste revival de lo que se le ha olvidado, y también de lo que no estuvo nunca porque aún no ha pasado.



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Por Víctor Algora