Para ti, que eres joven
cine
»¡Ésta es la emisora de Vince Fontain, lo mejor para empezar el día con mucha música! ¡Arriba chicos y chicas, hoy empieza el curso en Rydell! No seas vago, olvida el trabajo y vuelve a clase, puedes aprobar. Y para empezar bien el día, una de mis canciones favoritas…»
El cine presenta esa cualidad grotesca de los muchachos que han crecido demasiado deprisa alimentados por la nutritiva experiencia de sus hermanos mayores y el caldoso exceso de información que vino del espacio. Desde la cima que le proporciona su precoz y exagerada estatura, con la bandera del acné juvenil y los destellos de su bozo deslumbra a públicos y autores de cualquier edad, que hacen presa en él en un feroz intento de retener su mocedad o a resultas de la mórbida necesidad de resucitarla.
La verdadera conquista universal no es otra que la búsqueda de la eterna juventud; mas la juventud se encuentra sometida por una estrella antigua que la obnubila y alimenta: la belleza. Me da la impresión de que el cine nos da una definición más práctica que la RAE.
mocedad.
(De mozo y -edad).
1. f. Época de la vida humana en la cual la belleza es lo primero.
Las películas retratan el amanecer de la juventud en forma de descubrimientos acerca de nuestro cuerpo y el de los demás, en definitiva, el nacimiento del sexo. A partir de entonces tomamos consciencia de una necesidad que siempre estuvo ahí, la de relacionarnos. Sólo recientemente nos hemos permitido el lujo de hablar abiertamente de la capacidad sexual, social y afectiva de los más jovenes en viajes iniciáticos como Amarcord (Fellini, 1973), Los 400 golpes (Truffaut, 1959), La mala educación (Almodóvar, 2004) o la más amplia de todas ellas, Bienvenidos a la casa de muñecas (Solondz, 1995), un relato esencial y honesto que nos recuerda que no hay tara que nos aísle más en el mundo y nos deje más indefensos antes la crueldad adolescente que la carencia de belleza.
La imposibilidad para relacionarse es causa de un hondo sufrimiento o incluso un dolor nítido que dará lugar en algunos casos a monstruos necesitados de venganza como Carrie (De Palma, 1976) o los enigmáticos verdugos de Elephant (Van Sant, 2003). Precisamente una de las mayores minas de oro que ha explotado el cine se nutre inteligentemente de esta crueldad y sed de venganza y éxito social que se gesta en la más temprana juventud, se trata de Harry Potter; esto es, la materialización del sueño de todo niño socialmente incapaz que fantasea con tener poderes mágicos con los que suplir su carencia y convertirse así en el rey de la fiesta o eliminar sin piedad a quien le incomode lo más mínimo.
Pero también hay quien opina que el exceso de belleza supone un handicap en cierta medida. Toda una estirpe de películas nos hablan de la belleza y la juventud como camino hacia la perdición. En Rebelde sin causa (Ray, 1955), Esplendor en la hierba (Kazan, 1961) o Salvaje (Benedek, 1953) se nos advierte de que ser jóvenes, bellos y tontos puede buscarnos la ruina. Mención especial merece Salvaje, por ofrecer algunas de las más bellas imágenes del ser más bello que jamás contempló ojo humano; estoy hablando, como no, de Marlon, cuya vida nos viene al pelo pues curiosamente resultó ser también uno de los seres más insoportables y desgraciados. Con la intención de reflexionar acerca de la soledad de los bellos, Joshua Logan rueda Picnic (1955), una historia en la que la beldad local ha de decidir si se queda con el guapo o con el rico y en la que el único personaje que no es tonto está amargado porque su juventud, y con ella su belleza, se fue con el viento. También con Picnic, Logan logra un hito dentro de un extraño género, el que forman esas películas en las que los personajes son notablemente más jóvenes que los actores que los interpretan. En este terreno la estrella indiscutible es Grease (Kleiser, 1978), película inagotable en la que una serie de ancianos encarnan a unos jóvenes capaces de lo que fuera menester por la aceptación social.
Y así estaban las cosas cuando llegaron los 60 y los 70 y la juventud descubrió que preocuparse por los problemas del mundo vestía mogollón, de manera que incorporaron las costumbres solidarias al conjunto de reglas para el vestir y comportarse. Luego envejecieron y algunos de ellos hicieron películas en las que contaban las batallitas de sus años mozos debidamente adulteradas por el paso del tiempo y en las que los muchachos no sólo socializaban y se embellecían para aliviar picores, sino también por aquello de la militancia y también un poco por alimentar el alma a base de alpiste de belleza e idealismo. Así que aquellos que estuvieron protestando en París en el 68 a costa de papá o los que fueron a hacer bulto por lo que fuese que estaba pasando en Vietnam a ver si de paso se tropezaban con una orgía hicieron algunas películas que dan muchísima envidia y coraje por no haber estado allí con 18 años. Otra vez será, mientras se nos presenta la oportunidad podemos intentar vivir el momento a través de pelis como Soñadores (Bertolucci, 2003) o Los juncos salvajes (Téchiné, 1994).
Ha pasado el tiempo e invertimos más esfuerzos en prolongar la mocedad estirando su agonía y precipitando su comienzo con resultados cada vez más sórdidos, como esta nueva especie de niñas poltergeist que luchan contra el evolucionismo en las escuelas a ritmo de heavy-metal cristiano o las que persiguen ser fecundadas a toda costa ( Palíndromos, Solondz, 2004), también están los que van por el barrio diseminando el virus del sida indiscriminadamente en cuanto son capaces de eyacular ( Kids, Clark, 1995) e incluso los monstruosos bebés parlantes ( Mira quién habla, Heckerling, 1989).
En cualquier caso, si aún estamos interesados en la juventud eterna, debemos estudiar el caso de Antoine Doinel, el personaje con el que Truffaut recita el comienzo de la juventud en Los 400 golpes y acompaña a lo largo de su vida a través de varios matrimonios, peripecias y películas que se matienen intactas, con espíritu y sin una sola arruga. Cuál será el misterio que retrata la infinita mocedad de un personaje a través del envejecimiento del actor que lo interpreta; tal vez el secreto tenga que ver con aquello de que quien ama el cine ama la vida, lo cual parece tener mucho más que ver con la belleza que eso otro de tener un vientre plano.
Por Charles Dexter Ward


