Escatolocine. El horror que supura en el celuloide.

cine

En El paciente inglés (Anthony Minghella, 1996), una clásica pareja de enamorados europeos residentes en Oriente Medio deciden salir a dar un paseo en avioneta por el desierto. -Querida, hace una mañana preciosa, ¿te apetecería salir a planear por el Sáhara? -¡Oh, Laszlo! Maravilloso, pero… ¿crees que es adecuado? Recuerda que estamos en plena Segunda Guerra Mundial. -Vaya, lo había olvidado. Qué calamidad… -Bueno, a decir verdad me pirro por sobrevolar las dunas contigo… ¡Al demonio con la WWII! Ordenaré a Fátima que nos prepare picnic. -Espléndido querida. Piloto yo.

Entonces sucede lo peor; la avioneta se estrella, ella se rompe todos los huesos del cuerpo, él la deposita cuidadosamente en una cueva y marcha en busca de ayuda, a pie. Quizá el Sáhara no sea obstáculo para el galán clásico de cine, pero la WWII sí; cuando él consigue alcanzar la civilización es apresado durante unos días, lo justo para que ella muera de sed o de asco. A pesar de todo él vuelve a buscar el bello cadáver de su amada y ya no recuerdo lo que pasa después, pero el espectador avezado ya habrá reparado en un detalle espeluznante: ella está completamente inmóvil y han pasado varios días hasta su muerte… ¡el desdichado Conde Laszlo tendrá que buscar los restos de su amada entre un surtido montón de excrementos y secreciones!

En casos como éste, el cine será benévolo con Laszlo y con el espectador haciendo que Katharine, aunque muerta, se encuentre limpia de todo desperdicio y más bella aún que cuando estaba viva. Pero no siempre sucederá así, acompáñenme en un periplo por las cloacas del séptimo arte, descendamos siguiendo el reguero de limo mucilaginoso hasta ese miasma casi tangible de lóbrega fetidez y angustia desesperada; zambullámonos en el Lago del Hedor Eterno, donde se exhiben toda clase de excrecencias y secreciones.

porquerías y desalojos para invocar nuestro sentido del humor o simplemente llamarnos la atención a través de caudales generosos de vómitos

Como vampiro que se despoja de todo lastre orgánico antes de abandonar para siempre su naturaleza humana, el cine complaciente emplea porquerías y desalojos en invocar nuestro sentido del humor o simplemente llamarnos la atención a través de caudales generosos de vómitos, sangre y sustancias viscosas cauterizados de sus características vivas y burbujeantes por una apariencia asépticamente plástica. En este punto se hermanan cine familiar y gore: pueblos vomitando en grupo (Cuenta conmigo, R. Reiner, 1986); sesos espachurrados y puses de todos los colores del arco iris (Braindead, P. Jackson, 1992); ancianos que contactan con extraterrestres emitiendo pedos atronadores (Mi amigo el extraterrestre, J. Girault, 1981); eyaculaciones fijadoras (Algo pasa con Mary, Hermanos Farrelly, 1998); mucosidades hectoplasmáticas (Cazafantasmas, I. Reitman, 1984); picadillo de adolescente (Pesadilla en Elm Street, W. Craven, 1984); jugos fluorescentes (El exorcista, W. Friedkin, 1973); ejemplarizantes venganzas eméticas (Las brujas de Eastwick, G. Miller, 1987); grasientas secreciones post-mortem e incluso una redentora eyaculación de sangre y semen (Nekromantik, Jörg Buttgereit, 1987).

Sin embargo, como corresponde a la reina de los excrementos, se reserva un papel especial para la diosa Hez, que aparecen retratada en contadas ocasiones, y siempre bajo la distinción de un motivo de peso. Su eficacia dramática es tan implacable que hasta Spielberg fotografió sin miramientos a un niño nadando en mierda en la exhibicionista La lista de Schindler (1993) y basta una imagen suya para producir en el público tanto carcajadas de nerviosismo como permanente impresión; en Trainspotting (D. Boyle, 1996), las heces son utilizadas como gag a la par que acaban con la vida de uno de los protagonistas y, de alguna manera, empañan toda la película con evidente pretensión de epatar. Este gratuito abuso de deposiciones y miserias ha sido muy socorrido para una serie de autores que han tratado de camuflar su carácter mainstream repellando sus historias con mierda, confiados en que la capa superficial los haga pasar por aquellos artistas que los inspiran, que bucean realmente en el interior de la naturaleza humana e, inevitablemente, emergen pringados hasta las orejas.

algo así como los celebrados purgatorios redentores Lynchianos, pero 25 años antes y con un baño de flujos corporales.

La catedral cinematográfica por excelencia de esta identidad entre los humores del espíritu y los de las vísceras no es otra que el impresionante autoexorcismo espontáneo que representa Isabelle Adjani en Posesión (A. Zulawsky, 1981), donde las excreciones que supuran como magma de cada uno de los orificios de su cuerpo forman un charco multicolor donde sus demonios y sus sobras se mezclan dejando a la mujer libre y limpia de toda impureza; algo así como los celebrados purgatorios redentores Lynchianos, pero 25 años antes y con un baño de flujos corporales.

Tal vez sea limpio, pero ¿dónde está escrito que sea necesario librarnos de nuestras miserias? Cada cual puede recurrir a su propio vertedero con diferentes intenciones, y la basura puede ser fuente inagotable de placer, utilizarse a modo de cilicio, como icono de identidad o ejercicio de estilo con mayor o menor honestidad, como portal hacia la otra vida y de algunas maneras más. Ilustremos estos casos con algunos ejemplos:

Partimos de Saló o los 120 días de Sodoma (1975), donde muestra Pasolini la obscenidad y salvajismo humanos en términos bíblicos y arqueológicos aunando placer, perversión y sufrimiento en los más bajos usos de los productos corporales. Tiene el hombre grabado en su mente, de manera antigua e instintiva, que al encuentro final con la muerte ha de irse ligero y aseado, de manera que antes de cruzar la Estigia ha procurado el personaje cinematográfico vaciarse por completo. Una de esas grávidas mujeres del realismo mágico se despedía del mundo cruel tras días de agónica pedorreta en Como agua para chocolate (A. Arau, 1992), y Michel Piccoli conseguía por fin eyacular en el momento exacto de su muerte tras un ocaso de impotencia sexual en París, Tombuctú (Berlanga, 1999). El propio Piccoli se encerraba con otros dos amigos para celebrar la orgía definitiva de obscenidades y satisfacciones fisiológicas en La grande bouffe (M. Ferreri, 1973); tras días saciando con colmo cualquier apetito natural, dispuesto a pagar el precio mayor, se despide de la vida con el pedo más colosal que ha estremecido la Tierra.

Sin darnos cuenta hemos dado un paseo por el placer y la muerte siguiendo el rastro de miasmas y detritos, pero vamos a permanecer durante un rato más en este cenagoso terreno que los acoge y donde se forma un fango del que surgen como vapores placer y sufrimiento sin que sea sencillo separarlos. En este sustrato mórbido, cruel y lúcido es donde se desarrolla el cine de Michael Haneke, el rey del vómito y azote de la conciencia. Él deja que nos embriaguemos con las emanaciones y nos introduce en un mundo atroz en el que somos los verdugos hasta que nuestra conciencia o nuestros escrúpulos nos obligan a huir. Sus personajes vomitan ante nuestros ojos como se pincha a las fieras antes de echarlas a la arena, para soliviantarnos y hacernos cómplices; degustan el olor del semen, sangran y orinan obedeciendo a una liturgia que nos perturba e impresiona por coherente y sustancial; y todo ello sin una sola partícula espuria o innecesaria. Si miran a su izquierda pueden ver cómo Severine no disimula el placer que le proporciona ser lapidada con excrementos de vaca y acusada de felatómana y espermatriz (Belle de Jour, L. Buñuel, 1975).

Mas sigamos el camino de baldosas pegajosas hasta que la niebla del remordimiento se disipe, donde brilla el sol y las gentes son guarras y felices, donde sacarse un moco es motivo de celebración y las lluvias son doradas; bienvenidos a los dominios de John Waters. Él nos enseñó que la ducha romana, la coprofagia, la coprolagnia, la salirofilia, la amiquesis, la misofilia, la chezolagnia, la emetofilia, la flatofilia, la hemotigolagnia, la olfactofilia y, en definitiva, la higrofilia son instrumentos de la belleza, el goce, el prestigio y la felicidad. Su última obra, Los sexoadictos (2004), supone todo un canto a la victoria del placer sobre la repugnancia y la oscuridad, y está rubricada por una imagen insuperable: Michael Hasselhoff (as himself) cagando.
Sólo nos queda un paso más para llegar al final. Waters deja huella en Almodóvar, que lo largo de su filmografía se apodera del trono del posmodernismo desplegando una galería de mocos, potas y alguna corrida entre dos meadas que forman ya parte de la cultura de este país: la de Bom sobre la renaciente Luci (Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, 1980) por digna, oportuna y benefactora; y la de Raimunda sentada en la taza reconociendo a su madre resucitada por el olor a pedo (Volver, 2006). Y con ella llegamos al final del camino, ya que Raimunda mea como las chicas de Cassavetes, que mean ante las cámaras exactamente igual que detrás de ellas porque en las películas de Cassavetes todo es verdad.
Por Charles Dexter Ward