Por Víctor Algora
Como ya viene siendo habitual *Víctor Algora* nos habla de todo lo que hace que su mundo se tambalee, musicalmente hablando, claro está. Para la cita de este noviembre nos vamos a poner profundos, afrancesados y hasta un pelín dramáticos. Señoras y Señore
Trash Yé-Yé
musica
Esa humanidad que se deriva de las heridas, ya no tanto las propias de la carne, sino más aquellas ubicadas en lo más profundo del alma y las entrañas, hacen que tras la oscuridad aflore en uno el sentimiento del desengaño, y hace que las vivencias sean mucho más cercanas y la forma de contarlas sea pues mucho más visceral, verdadera y positiva.
También puede ocurrir todo lo contrario, pero como no estudié psicología y además no es el caso, como que no me apetece explicarlo.
La última entrega de *Benjamin Biolay*, bautizada con ese título entre setentero y rollo _arty_ de finales de los noventa (por lo del electroclash) que acaso intenta denominar un nuevo tipo de música, una nueva multifusión o algo así, lleva en sí de todas las formas posibles esa humanidad positiva a la que me refería anteriormente, y el embajador por excelencia de la música francesa contemporanea nos regala un trabajo, que aunque no nos dice nada nuevo en cuanto a la inquietud desbordante de su autor, es definitivamente mucho más en todos los exponentes de los que hacía gala en anteriores trabajos.
Se hacen fuertes los ecos del hip-hop, el soul y la ópera, y los reviste con baterías lupeadas, luminosos pianos y radiantes y rugosos bajos sintetizados. Biolay nos entrega su disco más vehemente, deslenguado y desenfadado, no rehuye de su ya explorada faceta de dandy y sus formas pausadas y reflexivas pues forman parte de su obra y es por eso que lo queremos tanto, pero las reinventa, las viste y desviste sin complejos, y es por ello que confirma definitivamente que nada tiene ya que ver con ninguno de sus coetáneos, y sin ninguna duda, es el cantautor francés más importante del momento. Pero esto no es nada nuevo, claro. Además, Benjamin es toda una estrella rosa en su país, marido de Chiara Mastroiani (hasta hace bien poco) y un personaje del que , nosotros sus fans, no sólo nos alimentamos musicalmente. De aquí que su continua y archinombrada comparación con Gainsbourg sea alimentada día tras día con más que justificadas razones.
Pero volvamos al tema que nos ocupa, su nuevo y esperanzador album , "Trash Yé-Yé". De los discursos elegantes y contenidos de su primera época, (cómo no acordarse de aquel soberbio "Rose Kennedy") se despliega evolucionada una lengua de rabia y acidez incontenibles, todo lo incontenibles que pueden sonar de boca de un niño bien (en el mejor sentido de la expresión) y aunque sigue flotando en su música ese halo de oscuridad que impregnaba su anterior trabajo (À l'origine) es cierto que aquí demuestra todo lo que ha aprendido tras ese infierno personal por el que todos hemos pasado alguna vez, el del fracaso y la incomprensión vividas los últimos años. Y claro, es ahora mucho más vulnerable pero se abre ante sus teclas de piano un radiante rayo de luz, de pop y belleza. Ya sobran las comparaciones (yo jamás las entendí del todo) y hoy más que nunca Benjamín Biolay vela sólo por su presente. El folk, la electrónica y la mujer, la América del estar system, Marylin o todo aquello que ya a pasado sigue rodeando como una nube de estrellas eléctricas el cerebro de Benjamin Biolay, pero ahora, en este momento, ya nadie mira al pasado cuando se habla de él, o por lo menos no debería, porque es éste un músico inquieto (también lo fue Gainsbourg, claro está) e increíblemente personal. Del soul de la bella "Bien Avant" que abre el disco, a las libretas de viajes impregnadas de melancolía en las barras de carretera de una América inolvidable (Danz la merco benz, Qu'est-ce que ça peut faire ?). El trip-hop oscuro y solitario de "Douloureux dedans", la tenue luz visionaria y conmovedora de "Regarder la lumière" o la cercanía y el pop luminoso de "Rendez vous qui sait (que recuerda muchísimo al "Clocks" de Coldplay) son formas y alicientes llenos de trenes, cicatrices y cera de vela recién apagada. Un estimulante trabajo para incondicionales de este fascinante artista, y una oportunidad perfecta para quienes se decidan a empezar a conocerle. No es su mejor disco, pero merece la pena.
