Si Galdós levantara la cabeza
literatura
La historia de Madrid puede resumirse brevemente como la de alguien que llega de provincias a buscarse la vida y, tras una primera impresión hostil, se adapta y adopta a la ciudad para siempre, a veces con el lema “la ciudad no es para mí”, otras veces con este otro: “aquí pienso que me entierren”. En septiembre de 1862 Benito Pérez Galdós protagonizó esta historia esencial de Madrid y, durante 50 años, llegó a estudiar, conocer y describir a sus gentes de una manera tan profunda, sabia y lúcida que incluso los que vivimos el Madrid del siglo XXI seguimos pasmándonos – a) – de su talento sobrehumano, – y b) – de que todo siga igual.
Como madrileño converso que soy, tengo que agradecerle a Don Benito el inmenso placer que me proporciona su obra y las montañas de tiempo que me ha ahorrado tratando de observar y comprender la sociedad en la que vivo. Hoy en día, igual que 150 años atrás, Madrid recibe a los que cruzan sus puertas o tienen la fortuna de nacer en su seno con dos regalos que invariablemente concede a ricos y pobres; uno es el agua potable y el otro es el anonimato. El madrileño puede conmutar entre dos vidas distintas con sólo cambiar de calle, y esa cualidad fantástica que también atrae al insatisfecho y al desterrado forma el caldo tibio en que Galdós elabora el retrato atemporal de la villa, siempre sazonado por la amenaza que supone la proximidad de aquéllos de quienes tratamos de escondernos. Este juego de máscaras no sólo sigue vigente, sino que aún es la sustancia que corre por las venas de la ciudad junto con el agua corriente.
Cuando uno lee Fortunata y Jacinta, Las novelas de Torquemada o Lo prohibido tiene tal sensación de haber vivido una época remota que a partir de entonces basta encontrarse con cualquier elemento evocador para que vuelva a dispararse la máquina del tiempo. Uno de los disparadores más eficaces son mendigos, prostitutas, perroflautas y sintechos; el completo grupo de pedigüeños que se atrincheraba en la iglesia de San Sebastián (Atocha 39) en Misericordia encabezados por la anciana cuyo único diente asomaba por un lugar distinto a medida que hablaba han sido sustituidos por las rumanas con niño de teta, las dos mendigas gemelas con extremidades tatuadas y atrofiadas que rondan por Sol, la anciana encorvada del bastón y el tembleque, el hombre sin brazos que sujeta un vaso de litro con la boca a la par que implora por el amor de dios, los tullidos que duermen la siesta en la puerta del Kentucky o los eternos punkies con perro del Convento de las Descalzas, donde podía uno toparse en la noche embozada de Tormento con el trastornado Ido del Sagrario. Las tarascas que rugían como furias abusando de la santa paciencia de Nazarín en la calle de las Amazonas se han mudado los aledaños de Gran Vía que, pese a no existir aún, ya parecía marcar una frontera norte entre los barrios de buena vida y los de vida regular. Más al norte de ésta iban los maridos inquietos con miedo a ser vistos a la vuelta. Del sur, en Señores de Luzón, al norte, en lo alto de Amaniel, se mudó Don Lope tras entregar por supuesto sin dudarlo su fortuna en el amparo de la familia de Tristana; aquí sin saberlo fue vecino de los Miau, cuyo patriarca, el cesante Don Ramón Villaamil recorría el barrio buscando un lugar donde poder volarse los sesos tranquilo; donde Fortunata se enclaustra con las Micaelas para dormir a la bestia que la gobierna; donde Juanito Santa Cruz le pone piso y se la vuelve a despertar y donde el depósito de aguas marcaba el final de la ciudad y allá a lo lejos se avistaba el remoto pueblo de Cuatro Caminos.
A partir de estas miserias y orificios hacen los vampiros riqueza y expolio; los curas invierten sus ganancias en estar presentes en todas partes y en mantener emisarios que hagan el trabajo sucio sin casarse con nadie. Así resisten el paso del tiempo y los cambios de gobierno sin perder su lugar, como los peces. Monarquías y repúblicas se suceden unas a otras sin que la familia Pez pierda su papel en el sistema, y sea de quien sea la corona siempre están los Pez a la cabeza del funcionariado, desde la frontera al Palacio Real, residencia de La de Bringas; otra que perdió la honra por suponer.
Hablando de suponer, para ello no hay como un paseo en coche por Recoletos y Castellana tras salir de los toros, del Teatro Real o de visitar la Casa de Fieras en el Retiro, parque histórico donde ya no hay fieras y que sirve de merendero familiar y cancha de fútbol a unos personajes que son los únicos que escapan al retrato galdosiano por no haber estado presentes entonces. Habrá que esperar aún unos años para ver si la visión de Galdós trasciende o sucumbe a la multiculturalidad, aunque, si esto sucede, bien podría considerarse el retrato galdosiano como infalible y dar mortaja y sepulcro para siempre a la identidad cultural de la que Don Benito y todos nosotros fuimos testigos.
Por Charles Dexter Ward
