Joaquin solo tiene un ojo
Esta es la historia de Joaquín, un niño que nació con un único ojo.
A su madre, Rita, le habían explicado que su hijo era un extraño caso científico. Como no entendió lo que le dijeron los médicos, Rita se conformó con pensar que había apretado tan fuerte cuando Joaquín estaba dentro de su barriga, que el otro ojo se le había metido para adentro.
Joaquín no pensaba igual, era bastante más listo que su madre, pero también más desagradable a la vista. Él creía que lo del ojo era una maldición. Con diez años ya había sufrido tantas burlas, que había tomado la determinación de asustar a los niños en vez de intentar hacer amigos, así al menos le respetaban. Sin embargo esta historia no trata de las penurias que pasó Joaquín, a él no le gustaba dar pena.
Joaquín no iba a un colegio especial, todo en él era normal menos su aspecto. Pero él no sabía que tenía unos milímetros cúbicos más de cerebro que el resto de la especie humana, debido al hueco que había dejado el vacío ocular. Esto le servía, sin darse cuenta, para prestar atención a asuntos que a otros niños se la repampinflaban.
Nuestro niño tenía pequeñas obsesiones, derivadas de su falta de ojo, de su genuina rareza cabezuda. Joaquín se sentía fascinado por las luces, sobre todo por las variedades de luz artificial; y más aún por las farolas y farolillos de las calles de su ciudad. Cada tarde se sentaba en la terraza de casa a observar cómo se encendían las luces mientras Rita planchaba o preparaba la cena. En cada época del año Joaquín sabía la hora exacta a la que el operario o el ordenador (gran incógnita) del ayuntamiento encendía el interruptor, y a qué hora lo hacía en cada calle diferente que veía desde la ventana. Nadie sabía que se sentaba en la terraza a mirar las farolas, no quería que pensaran que aún era más raro. Él decía que le gustaba mirar a las personas ir y venir de allá para acá.
Joaquín jugaba siempre solo. Tenía otra pequeña obsesión: el urbanismo. Con sus juguetes se las arreglaba para construir ciudades muy habitables. Le gustaba amontonar cajas, recrear rascacielos y calles donde observar una vida para nada ajena y a la que deseaba pertenecer, una vida de muñecos que iban y venían por las avenidas, y que no se paraban a mirar a los ojos de los demás.
El hijo de Rita era una montaña rusa de emociones. Todo lo que le implicaba le tocaba, o le revolvía las tripas, todo le movía algo por dentro. Sentía que tenía que aprovechar cada segundo, todo despertaba algo en él, hasta el dolor, y eso le gustaba. Digamos que Joaquín tenía los sentidos más despiertos, más abiertos y receptivos, para lo bueno y para lo malo y que lo que le importaba era sentir. Quería tanto a Rita como si fuera el ojo que le faltaba, un amor que le mataba cuando pensaba que algún día se quedaría sin ella. Lloraba cada vez que pensaba que su madre dejaría de estar ahí algún día mientras él miraba por la ventana. Joaquín tenía el corazón descubierto, y le gustaba darlo, aunque le doliera.
¿Cómo podía ayudar a Joaquín su dotación cerebral a enfrentarse a un mundo en el que el número único de ojos tolerados era dos?
No podía.
Lo que ayudó a Joaquín fue una niña. En medio de un susto de los que daba a sus compañeros, se cruzó con Teri, una niña con dos ojos que fulminaron al uno de Joaquín. Teri le cogió la mano que usaba de garra amenazante y se la paró de sopetón. Le dio un sopapo para que saliera del trance y le abrazó. Joaquín lloró. Teri le abrazo más fuerte.
Desde ese día, Teri, aunque no compartía ni su fascinación urbanita ni su obsesión lumínica, se convirtió, sin Joaquín saberlo, en su amiga.
A los dos les unió su corazón descubierto que se entregaba al dolor y al amor por igual.
Desde entonces, Joaquín siguió jugando solo, pero sus muñecos empezaron a hablarse en el autobús urbano que iba camino del hospital en su ciudad de mentira.


