Historias: MA CHE FREDDO FA
Nunca me ha gustado cocinar para mi solo, es algo que me causa una infinita tristeza y además me pone de muy mala hostia, imagino que el motivo de ello es el hecho de reconocer que al otro lado de la mesa no se sienta nadie y que ante un solo cubierto, de una forma u otra recomienzan a latir nuestras soledades. Bonito tema para un tratado sobre la infelicidad de y en la gastronomía.Por lo tanto hace ya tiempo que no cocino, lo cual también me goce, ya que se me da bastante bien, pero eso de no tener a nadie que te alabe el gusto y las recetas es igual que hacerse una paja y esperar que alguien te diga lo bien que lo has hecho y lo a gusto que te has quedado.Ironías del destino.
Por Joseba Aranzueque
Ahora, en la medida de lo posible, procuro comer fuera de casa y en una de estas huidas culinarias recalé en un pequeño restaurante del centro, uno de esos que pasan inadvertidos de tanto estar a la vista de todos y allí ante un plato de lentejas me encontré con Romy Schneider. Si, a mí las lentejas me la ponen, tengo un paladar que oscila en un abanico muy amplio que incluye desde los callos madrileños hasta el marmitako pasando por las gilipolleces de la “nouvelle cocine” y la cocina “thai”, aunque cada vez que he ido a cenar a uno de esos restaurantes exóticos y carísimos nunca he sabido si iba a comer o a recibir un masaje en la punta del capullo con aceite de papaya perfumado. Seguimos con las ironías del destino. No me había dado cuenta que las mesas del restaurante estaban decoradas con collages de fotografías de estrellas del cine. A mí por casualidad me tocó la sonrisa azul de esa mujer singular que decía Costa-Gavras. Me vinieron a la cabeza mis 18 años y mi última novia.
Casualidades de la vida. Creo que hoy no les voy a aburrir con aquella historia típica y tópica, chica de barrio alto conoce a chico de barrio bajo, chica de barrio alto se encapricha a chico de barrio bajo, chica de barrio alto se emputece con chico de barrio bajo, chico de barrio bajo descubre que la chica de barrio alto ya venia emputecida de su casa con jardín y piscina y opta por dejar que la chica de barrio alto se lave el coño con “Chanel Nº 5” en su jacuzzi, que él no tiene tiempo de andar haciéndole las ingles brasileñas a mordiscos. Todo muy romántico aunque hubo momentos en los que casi casi la chica de barrio alto llega a hacerle creer al chico de barrio bajo que lo que ella sentía era verdad. Aún así el chico de barrio bajo siguió dedicándole su mejor sonrisa, pero por desgracia no volvió nunca más a creer en cuentos de princesas austriacas y desde entonces prefiere el olor a sudor antes que el “Chanel Nº 5”.Moraleja: Nunca te fíes de una mujer que se parezca a Romy Schneider, por desgracia para todos nosotros Romy esta muerta. Es curioso que en estos momentos de mi vida me vengan a la cabeza mis 18 años, justo ahora que me sorprendo a mí mismo resultando atractivo a gente a la que le doblo la edad. Yo que siempre me he sentido Peter Pan y he optado por pensar que las canas que cada día pueblan más y más mi barba se debe a una mutación genética y no al paso del tiempo.
Es curioso. Es curioso que no tenga conciencia del paso del tiempo, imagino que precisamente sea eso lo que me esté haciendo mayor, la capacidad de no distinguir el paso de los años, y el día menos pensado me levante con dos o tres canas en el pecho y en los cojones y eso, estoy seguro de que es un signo de decadencia por mucho que se haya inventado el “Just for Man” para los más atrevidos. Gracias a Dios, todavía nos quedan las pinzas de depilar y la intimidad del cuarto de baño para no desvelar nuestra verdadera edad.Un consejo: No hagan participes a sus amantes de dichas intimidades, ya saben que se nos permiten todos los morbos y fetichismos habidos y por haber, desde follar con las Ray-Ban puestas pasando por la lluvia dorada hasta el rollo leather pero el depilarse con unas pinzas delante de sus amantes en el cuarto de baño me temo que es un acto de mucho amor y en cuestión de minutos echarían por tierra la anterior sesión de dos horas de sexo, kaña, morbo y guarreo. Ustedes sabrán lo que desean.Yo cada día lo tengo más claro.En esta última semana en la que una fugaz primavera de todos los sentidos ha invadido de súbito la ciudad he vuelto a revivir emociones olvidadas gracias a la revisión de viejas películas de
Fernan OzpetekDe nuevo, me han asaltado las mismas incertidumbres y los mismos aromas a especias y pasta que antaño y otra vez he escuchado latir en mis oídos los ecos de canciones antiguas sonando en la radio de la cocina. No sé si ustedes se habrán dado cuenta, pero, yo al menos, tiendo a pasar la mayor parte del tiempo en la cocina, las cocinas, como los cuartos de baño tienden a ser lugares especiales, lugares donde nos desnudamos el cuerpo y el alma, piensen siempre que cuando tenemos que hacer algún tipo de confidencias al final terminamos haciéndolas en la cocina o en el cuarto de baño.Los que me conocen saben de sobra que en mi casa o en la casa en la que me encuentre, invariablemente, de una forma u otra, tanto si es por la mañana, como si es por la noche, en los dos únicos lugares donde me encuentro realmente cómodo y relajado son la cocina y el baño.Es en la cocina y casi siempre cocinando de memoria, utilizo muy poco los libros de cocina, cuando soy capaz de confesarme con los que tengo al lado y conmigo mismo, de hablar de las cosas que me duelen o me importan, de escucharme o de escuchar, de retomar párrafos inacabados y volverlos a rescribir a mi modo, de perdonarme las faltas y cobardías, de reinventarme mientras pico la cebolla y se me va la mano con las copas de vino tinto, cocinar es una excusa más para beber a solas, y rememorar victorias y derrotas. Tiendo, de una manera inconsciente a cocinar según mi estado de ánimo, a elaborar recetas complicadas si estoy de mal humor para así prolongar mi estancia en la cocina y no salir de ella, o a estigmatizar otras recetas por tenerlas asociadas a momentos de mi vida que no me apetece rememorarTodo esto a su vez es interrumpido por la conversación simultánea que voy manteniendo con quien tenga a mi lado y les puedo asegurar que la conversación siempre suele ser jugosa, tan jugosa como un roastbeef, dorada y crujiente por fuera pero chorreando sangre por dentro. Las cocinas es lo que tienen, por mucho que las limpies siempre quedan restos de sangre. Lo de los cuartos de baño es otra historia.Si algo no he sabido hacer nunca es mentir al espejo del cuarto de baño, es absolutamente imposible. Inténtenlo ustedes y luego me dicen si lo han conseguido.Quiera uno o no lo quiera, en el cuarto de baño nos tenemos que desnudar y mirarnos al espejo, y muchas veces lo que vemos reflejado no nos gusta. La mayor parte de las veces no es una cuestión física, es una cuestión psíquica, recuerden el famoso caso de Dorian Gray, la muy cabrona estaba podrida, para que luego te fíes de las maricas que acostumbran a oler a “Hermés” y vestir de multifirma. Menuda tragedia griega tenia que ser para la criatura mirarse a un espejo, y menudo trauma no poder probarse todos los modelitos de los mejores sastres londinenses, no me extraña que terminara como terminó. Claro, que yo en su lugar me hubiera tirado a Jack “El Destripador”, ya saben, a grandes males, grandes remedios y si estamos de mierda hasta el cuello pues vamos a disfrutar nadando y es que a estas alturas del partido sigo prefiriendo el sexo duro al desamor de pastel, para eso ya tenemos a Oscar Wilde.Pero a lo que estaba, que de un tiempo a esta parte tengo la mala costumbre de saltar de un tema a otro como cuando éramos pequeños y saltábamos de raya en raya. Pues ahora lo mismo. Les decía que a mi los baños me la ponen. El origen de esta perversión sexual mía se remonta a muchísimos años atrás. Para darles algunos datos, les diré que yo tenía el pelo de la cabeza rizado, muy rizado y vivía en Vitoria, en la calle Fueros.En una casa señorial, de techos altos, muy altos, decorados con estucos neoclásicos. De aquella casa recuerdo el cuarto de baño, un cuarto de baño blanco, luminoso, enorme, con azulejos cuadrados y cenefas azules de cerámica portuguesa, todavía me pregunto de dónde coño saldrían esas cenefas. Y pegada a la pared una bañera inmensa de porcelana blanca y patas en forma de garra de león con la gritería de bronce dorado haciendo juego. Lo dicho. Para correrse.Cuando abrías la ventana se podía ver toda la ciudad, un inmenso tapiz de tejados y chimeneas haciendo guardia en torno a la torre de la catedral, todo ello envuelto en la niebla gris del Norte y el vapor del agua caliente que emanaba de aquella bañera prestada con garras de león.En aquella bañera descubrí por primera vez el principio de Arquímedes aplicado a dos cuerpos, el francés de Mylene Farmer, la gramática griega de Despina Vandi, los vicios italianos de Gianna Giannini y la semejanza que existe entre el esperma y el jabón de tocador de “La Toja”. Muchas cosas para una sola bañera. Hoy en día no se fabrican bañeras de ese tamaño capaces de aguantar, sin quebrarse, tantas sales minerales. A lo sumo nos conformamos con teléfonos de ducha que nos prometen la ilusión del hidromasaje termal, es decir, un chorro de agua de mierda con el que no nos podemos ni limpiar el culo. Menos da una piedra.En ese cuarto de baño aprendí a afeitarme sin espuma de afeitar, a lavarme el pelo sin suavizante, a no utilizar la esponja y por encima de todo a escribir con los dedos húmedos en los espejos empañados, a mirarme en ellos y no sentir escalofríos por lo que veo reflejado. Lecciones que no he olvidado. Ma che freddo fa.


