Una historia pequeña

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Hay historias que te pasan. Hay historias que te cuentan. Hay historias que suceden. Y hay historias que son dogma de fe.

María del Rosario Sagrera Campos. 52 adustos años y apenas un par rayas cruzando la frente que jamás se borran con crema, igual en unos años me pongo botox como la de personal. Una piel de agua y jabón y con olor perenne a laca, colonia y aburrimiento. Ni un desplante y ni una palabra más alta que otra, ni siquiera el día que fue abandonada por Ricardo Rivero, RR para los amigos, su primer y último tren. Un tren al que jamás llegó a subirse, si acaso compró un billete que como mucho le dio un par de restregones y una promesa de matrimonio.

Enjuta y tiesa caminando a casa de sobrinos a los que llevar regalos de cumpleaños, niños que hace algunos años dejaron de serlo y la miran entre tiernos y compasivos. La tía Rosario, pobre…, soltera y cuidando de la abuela y sus idas de cabeza. Qué bien la trataba, qué limpita la tenía. Cómo jode esa vida de nadie, yo no podría, tío.

 

52 grises años paseando sin manchar nada, con escapadas con amigas de despedida de soltera a un boys, alguna peli en un cine del centro con un café con tostada en Nebraska y en un alarde, una cerveza en una terraza de Santa Ana después de la salida de misa de doce. Una mujer lorquiana en mitad de Reina Cristina, sin oropeles y un trabajo de 9 a 5, el de toda la vida subiéndose a las tecnologías incluso por delante de los nuevos y sin llegar un puto día tarde. Sólo uno, y ni siquiera fue culpa suya.

 

Una vida en el 5º izquierda sin una mota de polvo, sin un Lladró fuera de sitio. Y fotos miles de fotos por todas partes que le hacen sentir que lleva una vida perfecta y en el fondo no son más que balazos que acribillan ese tedio continuo de solterona eterna sin ni siquiera torcer el gesto. A veces algo se descoloca por dentro y ella se para, nadie lo nota, dentro hay un terremoto que podría llenar páginas y páginas de sucesos, pero queda en nada, en un suspiro callado y tres bragas, dos sujetadores y una blusa de primavera del Corte Inglés de Princesa. Ese día incluso se atreve con un gin-tonic, dos si el movimiento sísmico es muy fuerte y la compra no sirve de bote salvavidas, en un piano-bar con manadas de lobos.

 

La cosa nunca pasa a mayores, ni con 12 años recién cumplidos y un corte de trenzas que la dolió casi tanto como después le dolería su traje de novia si estrenar, sin comprar en definitiva. A mi me hacen eso y le prendo fuego al muy cabrón. Irse con tu mejor amiga. Así tiene que ser Pilar, mujer. Si está de Dios que las cosas sean así. Que le vaya bien y les dure muchos años, yo así estoy estupenda. De remate madrina del pequeño con su cara de virgen de Fátima, eso sí, ni una semana santa sin su mona de pascua.

 

 

Algunas noches se suelta y Bertín Osborne, Pedro Piqueras o el chico este de los informativos de la 1 se le aparecen en sueños y la invitan a cenar en un sitio de esos que salen por la tele y al final se marcan un lento, el beso nunca llega, el despertador suena antes y George Clooney tiene un fundido en negro.

 

Una vez, se le fue la mano y se convirtió en la estrella del baile, con corro y todo, ella en medio, por una vez suelta. Sin bozal, ni correa, forrada de lamé dorado. Mira Rosario, como disfruta, qué bien, soltera, sin darle cuentas a nadie y con su trabajo fijo para toda la vida, para mí lo quisiera.

 

Se apunta a yoga, a bailes de salón y es toda una experta en fideuás, en reuniones siempre perfectas de amigos, familia y ni una mano que ayude a recoger, no pasa nada, ellos tienen cosas que hacer y a mi esto me relaja, me fumo un mentolado y me pongo que luego echan las gacelas Thompson y después a la cama y empiezo el libro de Círculo de Lectores. Se quita los zapatos de medio tacón, las medias, la falda y se pone la bata tras cepillarse su melena de mechas. Un poco de crema hidratante de manos y un café con leche y magdalenas.

 

Todo sigue su rumbo, como a cámara lenta hasta esa noche en el baño. El hecho más radical de su vida estaba allí, en la celulosa blanca hiperabsorbente. Una mirada hecha de coágulos y sangre marrón. El niño Jesús aparecido con fondo de compresa.

Se veía claramente, con sus manitas, su pelito y todos sus itos propios.

La miraba fijamente.

 

Lo que María del Rosario Sagrera Campos no sabía es que ese era el principio de su menopausia.